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Era sembrar... no derramar

A propósito de Morrocoy, Uslar Pietri y la economía destructiva

El 14 de julio de 1936 el abogado y periodista Arturo Uslar Pietri publicó en el Diario El Ahora un artículo donde alertaba sobre los peligros de sustentar la produccion de la riqueza de Venezuela en una "economía destructiva", esa que debe perforar, romper y abrirse paso a la fuerza en las entrañas de la tierra para extraer petroleo y minerales y asi generar dinero. De ese artículo la mayoría nos quedamos con el título "Hay que sembrar el petróleo" pero hoy no hay siembra, sólo hay derrame. Lo vemos en todas los noticieros.

A finales del mes de julio de 2020 se produjo en Venezuela un derrame de petróleo en un lugar aún sin precisar y que se riega lenta y pavorosamente por las costas y en el Parque Nacional Morrocoy, dejándolos con una sentencia de muerte que me hace estremecer de sólo recordar los maravillosos lugares de los que nos despedimos en familia antes de emigrar.

Con sólo googlear "daños por derrame petrolero" abundan artículos y estadísticas, como el de la BBC que dice "Lo normal es que, si el vertido no es enorme, el ecosistema se recupere en 10 o 20 años. Pero si el vertido penetra el sustrato marino, en la arena y el fango, tardará más en descomponerse y en recuperarse. Si hablamos de ecosistemas de fondos marinos o de zonas costeras, en algunos casos su recuperación puede llegar a demorar hasta un siglo"

¿Un siglo? si, un siglo

Ninguno de nosotros estará para verlo pero la mancha si, pegada en la piel de las generaciones que no verán lo que fue el Parque Nacional Morrocoy, que no podrán bañarse en las costas, comer ostras o pasear entre manglares. Ellos no tendrán el  derecho a un domingo de playa en familia, sin entrar a describir la larga lista de pesadillas diarias que cualquier venezolano debe sortear.

Hoy le dedico estas líneas a un lugar que no tiene voz, al mar, a Morrocoy, a los posaderos de la zona, a los que venden hielo, empanadas y todo lo que no encuentras en ninguna playa del resto del mundo. A ellos estas líneas.  

Y el petróleo que hoy mancha nuestra bandera turistica no es el mismo de  la economía destructiva sobre la que alertó Uslar Pietri en 1936, es el petróleo derramado por la destrucción de la economía desde 1999. La industria petrolera, como cualquer otra, debe contar con protocolos de prevencion de accidentes y líneas de acción ante desastres ambientales.

El problema es que en Venezuela ya no hay industria petrolera. Sólo restos en manos de la barbarie. Con este derrame sin protocolos de acción podemos decir que la destrucción de la economía ya llegó a las costas venezolanas.

Soy nieta de Julio César Guerrero, un hombre que se formó en los campos petroleros, que levantó a su familia en la Creole, que se fue a Caracas con Lagoven y que se retiró en el Fonaiap en Maracay, pero murió en España  y en sus delirios de viejito recordaba cuando llegaban las gabarras al puerto y de cómo aprendió a hablar inglés para entenderse mejor con los americanos que estaban en la industria. El nunca entendería como llegó a pasar esto.

uslar-pietri

Arturo Uslar Pietri (Caracas, 1906–2001). Abogado, periodista, escritor, productor de televisión y político venezolano. Es uno de los intelectuales más importantes del siglo XX.

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Cuando se considera con algún detenimiento el panorama económico y financiero de Venezuela se hace angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en la producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse de mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía. En otras palabras la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al presente, la que llevando las cosas a los términos del fabulista se asemeja a la cigarra y no a la hormiga.

En efecto, en un presupuesto de efectivos ingresos rentísticos de 180 millones, las minas figuran con 58 millones, o sea casi la tercera parte del ingreso total, sin numerosas formas hacer estimación de otras numerosas formas indirectas e importantes de contribución que pueden imputarse igualmente a las minas. La riqueza pública venezolana reposa en la actualidad, en más de un tercio, sobre el aprovechamiento destructor de los yacimientos del subsuelo, cuya vida no es solamente limitada por razones naturales, sino cuya productividad depende por entero de factores y voluntades ajenos a la economía nacional. Esta gran proporción de riqueza de origen destructivo crecerá sin duda alguna el día en que los impuestos mineros se hagan más justos y remunerativos, hasta acercarse al sueño suicida de algunos ingenuos que ven como el ideal de la hacienda venezolana llegar a pagar la totalidad del Presupuesto con la sola renta de minas, lo que habría de traducir más simplemente así: llegar a hacer de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe inminente e inevitable.

Pero no sólo llega a esta grave proporción el carácter destructivo de nuestra economía, sino que va aún más lejos alcanzando magnitud trágica. La riqueza del suelo entre nosotros no sólo no aumenta, sino tiende a desaparecer. Nuestra producción agrícola decae en cantidad y calidad de modo alarmante. Nuestros escasos frutos de exportación se han visto arrebatar el sitio en los mercados internacionales por competidores más activos y hábiles. Nuestra ganadería degenera y empobrece con las epizootias, la garrapata y la falta de cruce adecuado. Se esterilizan las tierras sin abonos, se cultiva con los métodos más anticuados, se destruyen bosques enormes sin replantarlos para ser convertidos en leña y carbón vegetal. De un libro recién publicado tomamos este dato ejemplar: «En la región del Cuyuní trabajaban más o menos tres mil hombres que tumbaban por término medio nueve mil árboles por día, que totalizaban en el mes 270 mil, y en los siete meses, inclusive los Nortes, un millón ochocientos noventa mil árboles. Multiplicando esta última suma por el número de años que se trabajó el balatá, se obtendrá una cantidad exorbitante de árboles derribados y se formará una idea de lo lejos que está el purguo». Estas frases son el brutal epitafio del balatá, que, bajo otros procedimientos, hubiera podido ser una de las mayores riquezas venezolanas. 

La lección de este cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en Venezuela una economía reproductiva y progresiva. Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.

La parte que en nuestros presupuestos actuales se dedica a este verdadero fomento y creación de riquezas es todavía pequeña y acaso no pase de la séptima parte del monto total de los gastos. Es necesario que estos egresos destinados a crear y garantizar el desarrollo inicial de una economía progresiva alcance por lo menos hasta concurrencia de la renta minera.

La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros.

Esa sería la verdadera acción de construcción nacional, el verdadero aprovechamiento de la riqueza patria y tal debe ser el empeño de todos los venezolanos conscientes.

Si hubiéramos de proponer una divisa para nuestra política económica lanzaríamos la siguiente, que nos parece resumir dramáticamente esa necesidad de invertir la riqueza producida por el sistema destructivo de la mina, en crear riqueza agrícola, reproductiva y progresiva: sembrar el petróleo.

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Publicado originalmente el 14 de julio de 1936,
en el diario caraqueño Ahora.

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