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Nuestras miserias

La vida en sociedad no es como ir al baño, que tras dejar salir las miserias, se tira de la cadena y todo vuelve a ser limpio. La vida hay que aprender a vivirla con todo y sus miserias.

Decenas de miles de muertos, otras tantas de de heridos, miles de presos políticos, y millones de venezolanos condenados por la intransigencia de todos, aun no son suficientes para comprender que es necesario y urgente entendernos, que cada uno tiene su razón, que el país es un encuentro entre millones de pareceres y que para sobrellevarlo no queda otro camino que el acuerdo básico en puntos comunes.

Con una facilidad que avergüenza, nos dejamos llevar por focos personalistas, nos abstraemos de la realidad común, y como si se tratara de una afrenta personalísima, asumimos posturas que evidencian el costoso daño social que esa corriente del pensamiento político, llamada chavismo, nos ha hecho a todos, incluyendo a quienes se creen (nos creemos) impolutos.

Ir a elecciones o no, validar la ANC, llamar a Maduro presidente, someter al polígrafo a los redactores del plan País, explicar las razones por las cuales se designaron autoridades Ad Hoc, aplicar la receta de Sosa Azpúrua, condenar a Borges, Ramos Allup, María Corina, Capriles o a Guaidó… resultan debates estériles, porque como si fueran promovidos por la antipolítica, su razón de ser es desviar el objetivo real.

Simplificar es la base de las operaciones matemáticas. Pero la política –aunque algunos se empeñen en creer y promover lo contrario- no es una ciencia exacta.

La monumental crisis por la que atraviesa Venezuela no se resuelve con un par de medidas, ni con dos decisiones desde la tapa de la barriga. Se resolverá solo desde los pequeños pasos, con movimientos en todos los tableros, con razón -con mucha razón- con acuerdos, con disposición, con ánimo para admitir también la verdad del otro, con un poco de tolerancia.

No se trata de sumar a todo el que llega, o de hacerse de la vista gorda, o de olvidar el delito. De lo que se trata es de comprender que el país no puede retroceder hacia una lucha fratricida, luego de tener a más 80% de sus ciudadanos de acuerdo en cuanto al rechazo a un sistema político-económico nefasto, letal.

Los referentes políticos del país, que a ratos se asoman como potencialmente líderes, tienen la responsabilidad histórica de reconducir el proceso en el que nos encontramos. La pluralidad y diversidad de pensamiento, antes de convertirse en traba, tienen que destacarse como ventaja ilustre, para encaminar las necesidades de la sociedad.

Estamos a tiempo de no hundirnos en nuestras propias miserias, porque como hemos tenido que aprender, nunca se puede estar tan mal, que no se pueda estar peor.