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Otra voz

Ellos se empeñan -con éxito- en conducir la agenda. Da lo mismo que se trate de decretos tan infames como imposibles de cumplir, del nombramiento de ineptos frente a lo que deberían ser tareas para personal especialmente calificado, o del montaje de voces para hacer creer que hay salud donde solo puede caber la putrefacción.

El país, a contravía, se desdibuja. No hay fórmula -más allá de fingir demencia- que permita encontrar un mínimo de sensatez, ya no de parte de quienes usurpan, detentan y fracasan, sino de parte del resto, de los supuestamente cuerdos, de los que advierten, que poseen la razón.

La voz distorsionada es la burla continuada de los que sabemos que únicamente existen para aferrarse al poder que les garantiza la impunidad.

Esa voz, de la que todos dudan, apareció justo en el momento en el que necesitamos certezas, y esas jamás van a llegar desde esos emisores.

“Dejad que los muertos entierren a sus muertos”, dice el Evangelio.

Toca entonces avanzar. Aclarar la voz nuestra, la que persigue verdad, libertad y república, y en ese sentido, persigue desprenderse de esas agendas absurdas que solo valen para la anécdota y asumir -con determinación- otra voz que retome el liderazgo e inspire en medio de esta sinrazón.

La disfonía, el montaje, la burla… van bastante más allá de aquella transmisión absurda. Detenerse y darse cuenta es nuestra responsabilidad.