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Sí, Diego Arria nos lo dijo


Diego Arria es uno de esos tipos incómodos en la política. Siempre con un aire de superioridad que pudiera caer antipático, siempre con la razón argumentada que descoloca los planteamientos básicos del populismo instaurado. De hablar pausado y directo, sin los ambages propios del diplomático, ese epíteto que lo acompaña, y con la independencia exacta para no tener que cuidarse de herir susceptibilidades.

Arria tiene más de 80 años de edad, pero su visión no es vetusta, ni anclada en un tiempo que no volverá. Su pasión, su ánimo, su inspiración, es el futuro, el que heredarán sus hijas y nietos, y también estas generaciones que por algún tipo de mezquindad, no se atreven a reconocer la coherencia en el discurso, y la validez de sus propuestas.

A Diego Arria se le marginó de la vida política porque no calzaba en el molde lo tradicional, de lo convencional. Se atrevió a gritarle al mundo, y a los venezolanos, que “Venezuela es un país para querer”. Desde su posición de gobierno, dibujó al turismo como un industria, y cuando tuvo la responsabilidad, dotó a Caracas de una visión de ciudad adelantada a su tiempo.

Cuando fue a la ONU, en representación del país, ejerció con contundencia el papel. Lideró empresas de alta envergadura, y mientras duró su tránsito como presidente del Consejo de Seguridad, protagonizó momentos de una franca experiencia de liderazgo mundial.

La fórmula Arria, vigente ejercicio de diplomacia abierta, es la genuina manifestación global, de reconocimiento a una gestión, a una propuesta, a una dimensión, que en Venezuela se le ha hecho esquiva, antes y ahora.

En 2010, Hugo Chávez impulsó el robo de su hacienda, La Carolina, en el estado Yaracuy. Desde mucho antes, desde la misma madrugada del 4 de febrero de 1992, Diego Arria venía denunciando la satrapía que convertiría a Venezuela en lo que es hoy.

Para el recuerdo –poco comentado- quedan las advertencias de Arria ante los empresarios, sus múltiples predicciones sociales, económicas y políticas en foros, universidades, escenarios de TV y radio, y hasta en sus “cafecitos” y tuitcams, (germen o referencia para después copiar, por parte de otros políticos).

Diego Arria ha denunciado, como pocos, la verdad de cuanto acontece en Venezuela. No lo hizo la semana pasada o ayer, cuando es más que evidente. Lo hizo desde el día cero, desde cuando se trazaron los planes, desde el mismo minuto en que vislumbró la llegada de los grupos de poder del mundo.

Arria habló del secuestro del Estado, del Estado fallido. Habló de las mafias del narcotráfico, habló de la presencia de los grupos terroristas. Y, sí, aún hoy, cuando el exilio marca más, cuando ha perdido posesiones, cuando los referentes de la política local prefieren bloquearlo en las redes sociales, lo sigue haciendo, desnudando a una cofradía militar que huye al primer sonido díscolo, y evidenciando, con todas sus letras, el genocidio en cámara lenta que se adelanta en Venezuela.

Cuando publicó el libro Venezuela, la hora de la verdad,  Arria advirtió que aquellas páginas no eran un compendio que podría resumirse en un “yo te lo dije”; sin embargo, a la luz de lo que nos ha pasado, nos pasa y nos podría pasar, valdría la pena reflexionar, y entender, a despecho del autor, que sí, que sí nos lo dijo, y que sería responsable actuar en consecuencia.