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Sin lógica

Comprender el conflicto venezolano es muy difícil. Tras más de 20 años de sometimiento, de ideologización, de desesperanza, de desesperación, aun millones de compatriotas se plantean el dilema respecto a seguir a un caudillo, culpar a otros de las propias responsabilidades, o mirar (y andar) para otro lado, como posible solución a consecuencias, que pocas –poquísimas- veces conduce a la causa.

La lógica diría que tras esos 20 años, algo habríamos aprendido. Que los miles de kilómetros recorridos en marchas, que las centenares de horas en concentraciones, o filas para votar, que los terabites invertidos en redes sociales, algo nos habrían enseñado, respecto a la conducción de nuestra ansiedad, esperanzas, ilusiones y realidad.

Desde 2019, se nos ha vuelto a dar la oportunidad de creer en nosotros. Nos ha regalado el hecho –fáctico, si- de demostrarnos que somos bastante más que una masa sin unidad de propósito dispuesta a seguir a quien sea y como sea. Este año, con todas las dificultades vividas, con todos los obstáculos, hemos vuelto a enaltecer lo que somos y lo que deseamos.

También este año, como nunca antes, la ferocidad de ambición ha hecho daño. Los puntos de inflexión –que los ha habido- no han servido para el fin propuesto, y antes de utilizarlos para la rectificación, la retirada táctica y el replanteamiento estratégico, se han utilizado para minar la más cierta posibilidad de cambio estructural que hemos tenido en décadas.

El desconcierto de una realidad adversa e incierta, se topa con la desesperanza, con la resignación, con el mensaje ambiguo, con el discurso dubitativo y políticamente correcto, que desencanta, que diluye y que pierde.

También es verdad que mucho vozarrón anacrónico, sin fuerza ni pulmón ha hecho mucho daño, porque pontifica sin asidero, desde la facilidad de quien puede acomodarse para la foto o la declaración, pero no tiene llegada real, para proponer, en función de los múltiples escenarios entre los que se mueve esta historia de mafias, dinero, poder, corrupción, geopolítica y una larga lista de variables que van bastante más allá de un artículo de ley, una firma, un capricho o una ilusión.

Venezuela somos los venezolanos, dentro o fuera de las fronteras. Somos lo que hemos podido ser. Este año, una vez más, como en cuatro lustros, como en 200 años, somos una sociedad que se debate entre la civilización y la barbarie. Somos una sociedad negada a conocer su historia y condenada a repetirla. Insistimos en la búsqueda de un caudillo, y como ahora vivimos en tiempos de evolución tecnológica e inmediata, lo queremos millenial, guerrero y trending topic.

Como se trata de tendencias, no nos importa mucho la visión de largo plazo, ni las alianzas internacionales, ni los acuerdos internos que permitan no solo el quiebre del actual estado de cosas, sino que ese quiebre sea perdurable y en consecuencia, sirva como germen para una posibilidad de transformación.

Lo que hemos vivido, desde tiempos de la polarización política, nos ha conducido a la creencia de la unicidad de criterios, a la desvirtualización de los conceptos básicos de democracia, de república, del disenso, de diálogo, del voto –si, del voto-.

El daño es superlativo.

Es nuestro deber comprender el daño. Evaluarlo no solo desde el bolsillo o la mesa vacía, sino desde el contexto real, que obviamente pasa por esas terribles consecuencias, pero que es mucho más profundo y perverso. Si comprendemos el daño, sabremos interpretar el conflicto venezolano, y entonces no sufriremos derrotas puntuales ni cantaremos victorias morales, simplemente estaremos listos para avanzar en función del propósito propuesto.

Hoy, independientemente de que algunos quieran ponerle visos de camisa de fuerza, hay una ruta trazada, con sus variables y sus imponderables.

Esa ruta tiene respaldo internacional. Tiene calle –a ratos desencantada- tiene plan, programa y actores. Dejar perder eso sería un genocidio.

@incisos