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Todas las Fabiolas dentro de Fabiola

Al comienzo de su novela La Inmortalidad, el escritor checo Milan Kundera cuenta cómo cierto día, en una piscina, vio a mujer mayor hacer un gesto con su mano que develó a la adolescente que aún llevaba dentro. Aquel gesto llevó al autor a escribir esa monumental novela acerca de la juventud del espíritu y su lucha contra la carne.

Algo similar me ocurrió con Fabiola más de una vez durante el rodaje de nuestra película, 3 Bellezas. Entonces, ella era aún casi una adolescente. Tenía 19 años, estaba a punto de cumplir los 20, pero ante su estatura imponente, su seguridad, su voz y su belleza, era fácil olvidarse de que era una mujer mucho más joven de lo que parecía.

No obstante, mi momento Kundera ocurrió una mañana en la que un dolor de estómago la hizo llorar. Fue entonces cuando la Fabiola segura, la que recién había terminado su carrera universitaria e iniciaba su carrera en las tablas y ante las cámaras, dejó escapar a la niña que aún era.

No fui el único que lo notó. Otro miembro de nuestro equipo de filmación se acercó y me comentó en voz baja: “pero si es una niñita aún”. Lo era. Su papá, el músico de jazz, Mario, fue a buscarla esa mañana para llevarla al médico.

Afortunadamente no fue nada de gravedad. Al parecer, los repentinos cólicos habían sido consecuencia de un estricto régimen alimenticio que había seguido con la intención de presentarse a consideración del concurso de belleza más importante del país.

Nunca lo hizo. Le bastó con interpretar a la joven Carolina de Mónaco, un personaje que no quería ser reina de belleza.

Aquella niña que la mujer emprendedora de risa franca dejó escapar esa mañana, es acaso uno de los extremos de su amplio espectro actoral. En nuestros ensayos, Fabiola se movía fluidamente entre la comedia más disparatada y el drama más desgarrador, sin apenas asperezas en la transición. En un instante podía ser una niña y, al siguiente, una divorciada cansada de su mala vida. Y todo lo hacía con una verdad prodigiosa.

Cuando estrenamos la película, Fabiola se echó al hombro la promoción con arrestos de diva inalcanzable, como ella misma nos recomendaba hacerlo. No era cuestión de ser antipáticos, sino todo lo contrario.

Fabiola atendía al público con una dulzura que encantaba, al tiempo en que se mantenía en un plano superior al del resto de los mortales. En ese limbo de las estrellas de cine. Aquella gira de promoción junto a Fabiola es una de mis experiencias más divertidas.

La última vez que nos vimos para tomarnos un café, ella acababa de conocer a Gabriel, su actual esposo, y tenía ese rostro de feliz perturbación de todas las mujeres enamoradas. Poco después ambos se establecieron en Florida, como otros miles de venezolanos que huyeron de la escasez, la inseguridad y la violencia política.

A pesar de su juventud han logrado construir una relación de viejos cónyuges que se conocen demasiado, gracias por un lado a la suerte de haber encontrado sus respectivas mitades, y a que se han abierto las puertas a los proyectos creativos comunes.

Fue Gabriel quien la animó a escribir el libro que esta semana ha presentado. Es Fabiola quien ayuda a Gabriel a concretar sus proyectos audiovisuales. Más allá de los proyectos comunes, Fabiola sigue siendo la máquina de producir de siempre. Hoy está en un monólogo en Miami y mañana en una musical en Nueva York. Y vuelve al día siguiente para animar una fiesta infantil como una princesa de Disney, un trabajo en el que, según dice, nunca pensó ser tan buena.

Es decir, sigue siendo la misma niña en el cuerpo de mujer emprendedora empeñada en ser buena en lo que hace.

Así sea entretener a los niños en una fiesta.