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Viva la Unidad… (Siempre y cuando sea en torno a mí)

Es una práctica común en el ejercicio de la política (con p o con P). Mientras los intereses (aplausos, votos o reconocimientos) me beneficien, entonces todo va bien. Si hay un pequeño desvío, la unidad se convierte en chantaje, las propuestas de convergencia en intentos de pensamiento único.

La vaguedad de las posiciones de supramoralidad se ponen a la orden del día. Aun en medio de la peor de las situaciones multidimensionales que padecemos, surgen planteamientos absolutistas, simplistas, de visión corta, que enlodan bastante más el camino que nos corresponde recorrer.

Una vez más, como en 2001 con el paro cívico del 10 de diciembre, o en 2002 con la tensión que implicó la extraordinariamente masiva participación en los hechos sucedidos en abril u octubre, con todo el recorrido desde 2003 hasta el revocatorio de 2004. O la reunificación política y electoral de 2006, con sus primeros triunfos en las elecciones de 2008, o la lectura de los escenarios y la puesta en marcha de la MUD en 2009, los reacomodos de 2010 -con las primeras primarias para escoger candidatos a la AN-, la reactivación de las organizaciones políticas en 2011 para cerrar con las primarias de 2012. Todo lo que implicó el proceso electoral de abril de 2013. Las movilizaciones de 2014, el triunfo electoral de 2015, las manifestaciones de apego a la democracia de 2016 en procura del revocatorio, otra vez la presencia en las calles en 2017. Las reflexiones de 2018 y el resurgir de 2019…

Se cuenta rapidito, pero en todo ese tiempo, se ha mostrado a un país irreverente, que no se somete fácilmente a los designios de estos que detentan el poder. Ya no hay máscaras que quitar, salvo las de aquellos que por discursos blandengues, creen que todo esto se resuelve con palabras bonitas y más populismo. Que todo esto quedará liquidado si se le reconoce a los tiranos una hidalguía política que no tienen, que nunca tuvieron.

En todo este tiempo ha habido una conducción política que se ha decantado. Los referentes han ido asumiendo posiciones y el país, ese que padece grandemente desde el día uno (4 de febrero de 1992) se ha ido sumando a esos referentes. En algunos casos le ha seguido, y en otros le ha sobre pasado.

Hoy, por más mezquindad que intente imponerse, y por más desgaste natural, por los errores cometidos, hay un referente claro en la figura de Juan Guaidó. Es el presidente de la Asamblea Nacional, pero es el único referente en la actualidad que ha sido capaz de señalar públicamente que tiene un plan perfectible, capaz de sumar las ideas de otros, capaz de oir, sin necesidad de convencer o imponer.

En el país, quizá por ese impulso natural a la improvisación, hay algunos empeñados en comenzar otra vez, en cederle la pelota a una promesa, en vez de reconocer de una vez por todas -con tanta experiencia acumulada- que Todos somos necesarios, que hay espacio para todos, que vivimos en anomia, que no es posible, ni válido, ni sensato, contar los pollos antes de que nazcan. Que esta transición que vivimos es para largo, que no se va a acabar porque el tirano de hoy se vaya, o porque Perencejo asuma la presidencia.

Necesitamos unidad de propósito, en medio de la locura que significa este país que tenemos hoy roto por todas partes. Unidad de propósito que no es lo mismo que lanzar frases al aire como si no fuera suficientemente claro que lo que menos queremos es el sufrimiento y sacrificio de nuestra gente.

Hay políticos, que son, o fueron referentes, que se desdicen, que se pierden en las ideas y no terminan de asumir que se requiere un poquito de humildad, y de auténticas ganas de poner el hombro, aunque quien se monte en el tren sea otro.

En fin. El concepto de unidad sigue vigente y en venta, y otra vez vale, siempre y cuando, sea en torno al que más grite, o tenga como posicionar la etiqueta en las redes sociales.